Terrorismo
Nuestra vida en tiempos de terrorismo
Este mensaje fue adoptado por el Consejo Eclesial de la Iglesia Evangélica Luterana en América, el 18 de abril de 2004.
El Consejo Eclesial de la Iglesia Evangélica Luterana en América exhorta a sus miembros a que hablen entre sí sobre lo que significa hacedores de la paz en una época de terrorismo, y a participar en el debate público en curso sobre el terrorismo, la seguridad y la paz. Basándose en el pronunciamiento social “Por la Paz en el Mundo de Dios”, el Consejo Eclesial ofrece este mensaje como medio para facilitar la deliberación en las congregaciones para que como ciudadanos participen en el debate los miembros de la IELA.
Es un recurso para la reflexión sobre cuestiones tales como:
¿Qué es el terrorismo?
¿Cómo, a la luz de nuestra fe, debemos oponernos al terrorismo?
¿Cuáles son las responsabilidades y límites del gobierno para implementar la paz y seguridad terrenales?
¿Qué es lo que da pie al terrorismo?
¿Cómo aborda nuestra fe el miedo que causa el terrorismo?
¿Cómo debemos nosotros, como cristianos, relacionarnos con los musulmanes?
El terrorismo acosa nuestra época. Personas de todo el mundo viven con recuerdos espantosos de atentados terroristas y con la incertidumbre de posibles atentados futuros. Las redes terroristas siguen operando en muchos países; algunas con capacidad para funcionar lejos de su base de origen. A pesar de que el terrorismo cuenta con una larga historia, su amenaza para la paz se ha intensificado en nuestra época.El 11 de septiembre de 2001, cuando el mundo volvió a estremecerse con la sanguinaria destrucción del terrorismo y con su capacidad para aterrorizar a millones de personas, Estados Unidos experimentó el sabor de su propia vulnerabilidad ante el terrorismo internacional. Los atentados de ese día sólo pueden ser objeto de condena. Nuestros corazones y oraciones siguen estando con todos aquellos cuyas vidas fueron destrozadas por los eventos de aquel día. [1]Desde ese entonces, Estados Unidos se ha enfrascado en una lucha contra el terrorismo en la que algunas acciones han provocado controversia y división en este país y por todo el mundo. El terrorismo y la lucha contra el mismo son asuntos complejos, cruciales y a largo plazo para todas las personas que buscan un mundo donde haya más paz.
“En la Iglesia Evangélica Luterana en América, compartimos con la Iglesia de Jesucristo, en todo momento y en todo lugar, el llamado a convertirnos en hacedores de paz”. Esta oración inicial en el pronunciamiento social de la IELA “Por la Paz en el Mundo de Dios” nos recuerda que también en estos tiempos Dios nos llama a “proclamar el Evangelio de la paz final de Dios y a trabajar por la paz terrenal”. [2] Este mensaje se basa en dicho pronunciamiento social para proporcionar una perspectiva teológica sobre la paz terrenal, recordar el papel de los gobiernos, pedir el seguimiento público a las actividades antiterroristas, pedir la cooperación internacional, afirmar el don evangélico de vivir más allá del temor y resaltar la importancia de los encuentros entre las religiones.
Paz terrenal
“Así pues, libres ya de culpa gracias a la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). A la luz de la promesa de paz de los Evangelios, los cristianos reconocen tanto la bondad como los límites de la paz terrenal.
La paz terrenal no es lo mismo que la paz prometida del eterno reino de Dios en el presente y para el futuro. En tanto que como logro humano forjado en medio de conflictos, la paz terrenal muy a menudo es fugaz y siempre parcial. Es difícil de construir y mantener. Con gran facilidad y frecuencia se ve interrumpida por la violencia y la guerra. Pero, ante todo, la paz terrenal es uno de los dones más preciados. La paz terrenal encarna la intención divina de la creación; sirve al bien humano y al bien del planeta, y nos entrega un espacio para proclamar el Evangelio, manteniendo la esperanza en el Dios vivo. [3]
Esta distinción entre el reino eterno de paz de Dios y la paz terrenal proporciona una perspectiva para aproximarse al terrorismo. El terrorismo amenaza la paz terrenal, no la paz dada en el Evangelio. La lucha contra el terrorismo pertenece a la paz terrenal y comparte sus características. Esta lucha no es una cuestión relativa a la salvación última de Dios, que Dios mismo ya había asegurado para nosotros y para toda la creación en la cruz de Cristo. No pondrá fin al pecado y el mal, ni traerá el reino de paz de Dios. Nuestra tarea, más bien, es poner freno a los actos de destrucción y promover la paz justa entre seres humanos finitos y pecadores dentro de las limitaciones de nuestro contexto histórico.Puesto que la paz terrenal es un bien precioso pero frágil, hay razones para que todos nos mostremos vigilantes, autocríticos y activos en la prevención y supresión del terrorismo, haciendo responsables a los terroristas y lidiando con aquello que hace surgir al terrorismo. La complacencia y las ilusiones ponen en peligro la paz; el orgullo y las actitudes pretenciosas también ponen en peligro la paz.En la búsqueda de la paz terrenal tenemos que emitir juicios sobre el bien y el mal, reconociendo que los hacemos como seres humanos pecadores, responsables ante Dios por nuestros juicios. Los actos terroristas son justificadamente llamados, “malvados”, por tal razón proteger a personas inocentes contra esos actos es algo bueno y digno. [4] Sin embargo, la lucha contra el terrorismo no debe ser contemplada como la gente justa persiguiendo una guerra santa contra los enemigos de Dios, aun si los terroristas puedan pensar que están librando una guerra santa. Los líderes religiosos y otros que critican las medidas antiterroristas deben resistir la tentación de sentirse moralmente superiores en sus juicios. “Ya que todos somos pecadores ante Dios, los esfuerzos por construir la paz terrenal deben reconocer el poder persistente, penetrante y sutil del pecado. Fácilmente nos engañamos a nosotros mismos respecto de lo que es nuestra propia rectitud. Aún nuestras mejores intenciones pueden producir resultados dañinos. “. [5]
Participar en una buena causa no significa estar libres de pecado. Actuamos “sabiendo que lo que hacemos o dejemos de hacer queda corto respecto de lo que el amor requiere. No importa lo que las personas decidan en conciencia, permanecen bajo el juicio de Dios y necesitan de la misericordia de Dios, misma que nos fue dada en la cruz de Cristo”. [6] Vivir en el perdón promueve un espíritu de humildad que reconoce los desacuerdos legítimos sobre la lucha contra el terrorismo, así como las cargas y riesgos que enfrentan quienes toman las decisiones frente a un futuro incierto.El papel de los gobiernos
Se puede entender el terrorismo como la violencia o amenaza de violencia dirigida contra civiles para crear un clima de temor e incertidumbre. Los actores estatales utilizan el terror para afianzar su dominio del poder. Estos personajes no estatales utilizan el terror para alterar un orden político, social o económico. [7]El terrorismo es violencia política. Es violencia planeada y organizada que tiene como objetivo socavar la paz cívica de una sociedad. Los terroristas matan y lesionan civiles con el fin de generar temor y pánico en la sociedad. Puesto que los terroristas pretenden influir en un público, “el terrorismo es teatro” y el terrorismo es “propaganda con hechos”. [8]De acuerdo tanto con la ley internacional como con la tradición de una guerra justa, cierta violencia política puede estar justificada (como las guerras en defensa propia), mientras que otra violencia política no lo está (como las guerras de agresión). [9] Los principios para decidir sobre las guerras incluyen: buena intención, causa justificable, autoridad legítima, último recurso, declaración de objetivos para la guerra, proporcionalidad, y posibilidad razonable de éxito. Los principios para conducir una guerra incluyen inmunidad no combatiente y proporcionalidad. [10]De acuerdo con estos principios, el terrorismo es un tipo de violencia política injustificable. De igual manera que las leyes de los derechos humanos y los principios de una guerra justa condenan los actos violentos llevados a cabo por un estado para aterrorizar a su pueblo, esos mismos estándares condenan los actos terroristas realizados por personajes que no son del estado. Muchos de esos actos terroristas no llegan a cumplir ninguno de los estándares de una guerra justa. Incluso cuando la causa terrorista se contemple como justa, el terrorismo no se puede justificar porque se dirige de manera intencional contra objetivos no combatientes. Pocas personas se identifican como terroristas; sin embargo, si intencionalmente matan o amenazan con perjudicar a civiles con el fin de generar temor y así alterar un orden social, son terroristas.Los gobiernos legales están autorizados por Dios para proteger a la sociedad y asegurar las bendiciones de un orden justo. [11] Sin una mínima paz cívica, las personas no pueden llevar a cabo las actividades diarias que permiten el transcurrir de la vida, y tampoco pueden alcanzar los beneficios de una sociedad justa. “También abogamos por una paz terrenal que nos provea de seguridad contra la violencia y la agresión; que busque el orden justo, en lugar de la tiranía o la anarquía; que controle el poder desenfrenado, y que defienda y mejore la vida de personas que sufren pobreza y carecen de poder “. [12]Con frecuencia los gobiernos abusan de su autoridad y la violan bajo la pretensión de buscar la seguridad. Puede que nieguen las aspiraciones legítimas de un grupo oprimido, violen los derechos humanos o ejerzan su propia violencia injustificable en nombre del combate al terrorismo. Puede que hagan uso del terror para proteger los intereses de una élite gobernante, en lugar de proteger la seguridad de todos los ciudadanos. En sus actividades antiterroristas los gobiernos tienen la obligación de adherirse a los derechos humanos básicos, al imperio de la ley y a los estándares de una guerra justa.La seguridad que los gobiernos —incluyendo el de Estados Unidos de América— pueden proporcionar frente a las amenazas del terrorismo tiene límites. Los seres humanos, criaturas finitas como somos, somos siempre vulnerables; eliminar la vulnerabilidad también acabaría con la libertad. Los gobiernos no pueden proporcionar una seguridad perfecta o total; cuando aseguran haberlo logrado o buscan hacerlo, se convierten en agentes del orgullo arrogante y de la injusticia y la inseguridad que fluyen del orgullo. [13] Si quieren asegurar la libertad de personas vulnerables, los gobiernos deben reconocer sus límites a la hora de proporcionar seguridad.
Seguimiento Público y Cooperación Internacional
Las diferentes percepciones de la naturaleza y gravedad de la amenaza del terrorismo son con frecuencia una importante razón de desacuerdo al interior de las naciones y entre las mismas con respecto a lo que se debe hacer en respuesta a esa amenaza. La fe proporciona una perspectiva para abordar el terrorismo, pero no da a los cristianos ni a la Iglesia un conocimiento o la capacidad especial para evaluar esta amenaza. Al igual que el resto de los ciudadanos preocupados por el tema, los cristianos deben confiar en otras personas e instituciones —analistas del terrorismo, gobierno, medios de comunicación, voces internacionales— para recibir información con la cual formar juicios sobre la amenaza del terrorismo. La credibilidad de tales individuos e instituciones depende de que proporcionen al público información confiable e interpretaciones imparciales. Sin embargo, es responsabilidad de los ciudadanos evaluar la confiabilidad e importancia de la información y las interpretaciones. El debate público, atento y crítico, es esencial para distinguir la verdad del engaño y para diferenciar las genuinas preocupaciones en materia de seguridad, de la manipulación en beneficio propio.Quienes diseñan las políticas deben tomar decisiones difíciles y arriesgadas para calcular qué tipo de seguridad es excesiva o muy escasa, decidir cuáles son las prioridades y asignarles partidas, así como equilibrar la seguridad con otras responsabilidades del gobierno. Es necesario el escrutinio público para asegurarse de que los costos y cargas de las medidas de seguridad se distribuyen con justicia y que se satisfacen las necesidades de las personas pobres y marginadas. Es esencial el continuo seguimiento público para evaluar si se necesitan o no las medidas de seguridad; si son eficaces y, sobre todo, si respetan los derechos y libertades garantizadas por la Constitución y están de acuerdo con lo mejor de las tradiciones de nuestro país.
Las medidas y prácticas de seguridad que convierten a determinadas personas en su blanco sólo porque pertenecen a alguna comunidad étnica o religiosa en particular ponen en peligro el bienestar de esa comunidad específica y traicionan el compromiso de nuestra nación de tratar a otros de manera equitativa ante la ley. [14] Las políticas y prácticas gubernamentales que niegan o debilitan el debido proceso para las personas acusadas de actividades terroristas o sospechosas de éstas ponen en peligro tales protecciones para todo el mundo. Al seguir la pista de terroristas potenciales, las leyes y prácticas que invaden o violan las libertades civiles sin una adecuada supervisión judicial, amenazan la seguridad que emana del hecho de que somos un pueblo libre. Las políticas, prácticas y actitudes hostiles hacia los inmigrantes residentes en Estados Unidos y que restringen indebidamente la llegada legal de inmigrantes, refugiados y personas en busca de asilo, no están a la altura de la tradición de nuestro país de brindar la bienvenida a los recién llegados en forma justa y generosa. [15]La seguridad ante los terroristas requiere que las naciones cooperen entre sí y con las organizaciones internacionales. Las naciones deben trabajar juntas para seguir la pista de los terroristas y encontrarlos; para cercenar sus medios de financiamiento; para evitar que los terroristas crucen las fronteras internacionales; para proporcionar protección a los objetivos de alto riesgo, y para mejorar la rapidez de respuesta en caso de nuevos atentados terroristas. Las convenciones internacionales pueden proporcionar un marco común para las leyes nacionales y su eficaz impartición. Es, por lo tanto, importante que la totalidad de los 191 países afiliados a las Naciones Unidas en 2001 se unan en la condena a los actos terroristas y en la promesa de trabajar juntos para evitarlos y suprimirlos. [16]Incluso con esta importante cooperación, existen profundas diferencias en la comunidad internacional con respecto a cómo responder al terrorismo. Estas diferencias son evidentes en los opuestos puntos de vista sobre los papeles políticos de las Naciones Unidas y Estados Unidos, tal como lo pueden ilustrar estas preguntas: ¿Son los intereses y los puntos de vista de los miembros del Consejo de Seguridad tan divergentes que hacen que las Naciones Unidas resulten ineficaces a la hora de abordar la amenaza del terrorismo? ¿O es el poder dominante de Estados Unidos, con su “guerra contra el terrorismo”, un peligro más grande para la paz que el propio terrorismo?Muchos en otras naciones perciben que Estados Unidos con demasiada frecuencia actúa con arrogancia y sin suficientes consultas, acuerdos y participación de las otras naciones. [17] Los ciudadanos de Estados Unidos necesitan escuchar y evaluar tal percepción de las acciones de su país. De acuerdo con el pronunciamiento social “Por la Paz en el Mundo de Dios”, Estados Unidos “juegan un papel de liderazgo vital en los asuntos mundiales. No puede ni debe retractarse o aislarse del resto del mundo. Tampoco debe buscar el controlar o vigilar al mundo”. Como todas las naciones, Estados Unidos, a la hora de perseguir sus intereses, tiene “la obligación de respetar los intereses de otros estados y personajes internacionales y de cumplir con la ley internacional. Las naciones deben buscar su propio bien común en el contexto del bien común global”. [18]Siempre que se contemple una acción militar, los ciudadanos tienen la responsabilidad de hacer que su gobierno respete los principios de una guerra justa. “En su mejor forma, estos principios proveen un marco moral, así sea ambiguo e impreciso, para la deliberación pública sobre la guerra, como también una guía para las personas que tienen que tomar decisiones al enfrentarse con los dilemas de la guerra”. [19] Especialmente conflictivo en la lucha contra el terrorismo es el significado de tres de estos principios: autoridad legítima (¿quién autoriza la guerra?), último recurso (cuestiones de empezar una guerra), y una posibilidad razonable de éxito (¿esta acción militar incrementa o reduce la amenaza del terrorismo?). El seguimiento público también es necesario en tiempos de guerra para juzgar si la guerra se está persiguiendo con justicia de acuerdo a los principios de discriminación (inmunidad de los no combatientes) y proporcionalidad (decidir si los efectos malignos son menos o más que el mal prevenido). Al esclarecer y aplicar estos principios, “los cristianos necesitan estar preparados para decir "no" a la guerra en la que su nación participa”. [20]
Vivir más allá del miedo
El miedo generado por la amenaza del terrorismo puede ser una respuesta razonable ante el peligro, y nos alerta para que adoptemos medidas para enfrentarlo. Sin embargo el temor puede convertirse en una parte del ambiente social y convertir en prisioneros a los ciudadanos. El temor, entonces, divide a las personas, las paraliza, promueve entre ellos la desconfianza y les oscurece el juicio. El Evangelio prometen liberarnos de vivir en un miedo debilitante. Por medio de la Palabra y el Sacramento, el Espíritu Santo abriga a los niños, los jóvenes y los adultos con el amor inagotable de Dios. “Donde hay amor, no hay miedo. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el miedo” (1 Juan 4:18). Con la fe podemos proseguir nuestras vidas con la confianza de que nada —ni siquiera el terrorismo— “podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús” (Romanos 8:39). Viviendo en la seguridad de la fe en Dios, los cristianos en una sociedad temerosa pueden mostrar el coraje suficiente para evaluar con ecuanimidad la amenaza del terrorismo sin ignorarla ni dejarse consumir por ella.El Evangelio también nos libera “del temor de ver a los demás como hermanos y hermanas por quienes Cristo murió y vive”. [21] Al creer que el amor de Dios en Jesucristo se extiende a todos, nos vemos liberados para poder atender los intereses y el bienestar de aquellos que podrían considerarse “enemigos”. [22] Estamos más capacitados para conocer y sentir la vulnerabilidad de otras personas por todo el mundo, y para trabajar por una paz justa a la luz de nuestra mutua vulnerabilidad.Como personas liberadas por el Evangelio, necesitamos profundizar en nuestra comprensión de lo que impulsa a una red terrorista internacional a llevar a cabo atentados como los del 11 de septiembre. ¿Es la motivación la envidia, el odio y el resentimiento hacia una sociedad próspera, poderosa y estable? ¿Es la creencia de que “Occidente” sigue librando una cruzada de siglos de duración contra el mundo islámico? ¿Es el temor a la libertad de las sociedades occidentales? ¿Es la creencia de que bajo el disfraz de la libertad una cultura moralmente corrupta está minando una amada forma de vida? ¿Es porque una variedad extremista del Islam ha capturado la imaginación de millones de musulmanes que se ven a sí mismos injustamente alienados por el “Occidente”? ¿Es la reacción a la política de Estados Unidos en el Medio Oriente? ¿Se debe a la misteriosa presencia del mal en el corazón humano?El explorar tales cuestiones no es para justificar o disculpar los actos terroristas, y mucho menos para culpar a las víctimas de los mismos, sino para buscar entender mirando el mundo desde la perspectiva de otras religiones, pueblos y naciones. Un mundo con mucho menos odio e incomprensión es un mundo más seguro. Intentar entender nos puede ayudar a controlar nuestro propio odio y espíritu de venganza, a ver el papel que nuestro propio país tiene en la torcida telaraña de la red del mal en el mundo, y a abordar nuestras responsabilidades como pecadores arrepentidos y perdonados.El terrorismo acosa nuestros tiempos, pero también lo hacen el hambre y la pobreza, los sistemas políticos corruptos y brutales, la dura discriminación y las desigualdades sociales, las guerras civiles, la degradación del medio ambiente y las enfermedades epidémicas. Todas éstas son fuentes de inseguridad y desesperanza para millones de personas, y esos millones pertenecen a un mundo que está “cada vez más interconectado”. [23] Descuidar estas realidades o ser indiferentes a las mismas mientras se combate el terrorismo es tan moralmente incorrecto como falto de visión.
La paz terrenal en la creación de Dios “está cimentada en el reconocimiento de la unidad y bondad de la existencia creada, la unidad de la humanidad, y la dignidad de cada persona”.[24] El reconocimiento de la humanidad común de todas las personas como criaturas amadas de Dios es una condición sencilla, pero profunda, para la paz. Esta creencia también nos impulsa a reforzar nuestra comprensión compasiva de los pueblos de todo el mundo y para ensanchar nuestro horizonte moral con el fin de convertir en interés y preocupación nuestros su sufrimiento y bienestar.Este interés toma forma en la búsqueda de la paz justa en una sociedad global. Esta búsqueda prevé “una cultura de paz”, “una economía con justicia” y “una política de la cooperación”. El señalamiento exhaustivo de “tareas” culturales, económicas y políticas para conservar, hacer y edificar la paz hoy en día en el pronunciamiento “Por la Paz en el Mundo de Dios” indica la amplitud de esta búsqueda. [25] Una seguridad “humana” para todos depende de que construyamos una paz justa.
Encuentros ecuménicos
La historia nos muestra que las religiones, incluyendo el cristianismo, pueden ser una fuente tanto de conflictos violentos, como promotoras de paz. En una época identificada con frecuencia como secular, la religión ha adoptado un nuevo significado público: hace dos décadas los terroristas solían enmarcar sus actividades en términos políticos e ideológicos; en tiempos recientes, en cambio, un número cada vez mayor de ellos concibe su actividad bajo categorías religiosas. [26]En particular, la red responsable del 11 de septiembre —así como de otros actos terroristas— se identifica a sí misma como musulmana, y asegura que está actuando para satisfacer una obligación supuestamente divina. [27] En todo el mundo, millones de cristianos se unirán a millones de musulmanes para condenar la creencia de que Dios aprueba los actos terroristas. De igual manera, los cristianos insistirán en que para ellos la lucha contra el terrorismo no es una guerra religiosa y harán todo lo que esté a su alcance para asegurarse de que no se convierta en una guerra entre cristianos y musulmanes. Entenderán que es su deber moral rechazar las condenas universales al Islam, lo mismo que todas las ideas que culpan a todos los musulmanes por actos terroristas específicos, y todas las actitudes y acciones que discriminan injustamente a los musulmanes por su religión. Los cristianos trabajarán con otras personas para proteger la libertad religiosa de los musulmanes.“La paz es la diferencia en la unidad. Requiere tanto el respeto por la unicidad de los demás—personas finitas en comunidades particulares—como el reconocimiento de una humanidad común”. “Esta visión nos llama reconocer las diferencias, no a ignorarlas o a temerles. La esperanza en una paz terrenal reta a las personas a fortalecer a sus comunidades particulares en formas tales que promuevan el respeto y el reconocimiento hacia gentes de otras comunidades, ya que todos compartimos una humanidad común”. En muchas situaciones hoy en día, las diferencias religiosas son una fuente de enemistad. La religión se utiliza para incitar a las personas a la violencia. La Iglesia enfrenta nuevos desafíos al ser una presencia reconciliante entre las religiones del mundo. Necesitamos aprender de los judíos, musulmanes, hindúes, budistas y otros, descubriendo las formas que cada uno de ellos utilizan para la paz, corrigiendo imágenes distorsionadas, y trabajando por un entendimiento mutuo.10 Nos regocijamos cuando personas de diferentes religiones trabajando unidas para superar la hostilidad. [28]Nuestra época nos exige que intensifiquemos nuestros esfuerzos para trabajar con humildad y persistir en una mutua comprensión entre todas las religiones, especialmente entre cristianos, musulmanes y judíos. Este reto tiene muchas dimensiones y apenas se encuentra en su etapa inicial. Incluye relaciones personales en vecindarios, escuelas y lugares de trabajo; reuniones entre congregaciones, mezquitas y sinagogas; cooperación en proyectos comunes, y debates académicos sobre los textos sagrados, las relaciones históricas y las creencias y prácticas vivas. Nos pide que reconozcamos la gran diversidad dentro de cada religión y que comprendamos los encuentros amistosos y hostiles en múltiples contextos.Cristianos, musulmanes y judíos pertenecen a comunidades específicas que apelan a sus propios textos sagrados y tradiciones como su autoridad en materia de vida y creencia. El diálogo fructífero y respetuoso explorará cómo cada comunidad se basa en lo que tiene el sello de la autoridad para abordar cómo deben ordenar las sociedades una vida conjunta. Algunos temas, por ejemplo, podrían ser: ¿sobre qué bases rechaza cada comunidad el odio hacia quienes no pertenecen a su comunidad? ¿Qué creencias y prácticas de cada comunidad promueven la tolerancia y el respeto para con otras personas de diferentes creencias, y qué creencias y prácticas ahondan el orgullo propio y el desprecio hacia las demás comunidades? ¿Cómo puede discernir cada comunidad entre la violencia política justificable e injustificable? ¿Qué creencias de cada comunidad llevan a un compromiso de principios para instaurar un orden legal que garantice la libertad religiosa para todos? [29]Cristianos, musulmanes y judíos deben alcanzar un acuerdo para denunciar por nociva la creencia de que los atentados terroristas son una obligación divina. También deben llegar a un acuerdo para reconocer que la fe religiosa puede, y debe, ser una fuerza poderosa para la paz.Una búsqueda escurridiza, llena de oraciones
El Espíritu Santo nos pide en la Iglesia “el proclamar el Evangelio de la paz final de Dios y trabajar por la paz terrenal”. En el Evangelio encontramos consuelo para nuestro pesar, liberación del miedo y esperanza para continuar con la “los escurridizos esfuerzos por construir la paz terrenal”, [30] incluso a pesar de que el terrorismo y otros males acosan nuestra época. Que en esta búsqueda nos volvamos a Dios en oración pidiendo perdón por nuestros pecados, sabiduría para poder discernir y renovación para nuestros espíritus; e intercediendo por quienes sufren por causa del terrorismo y la guerra, por quienes gobiernan las naciones, por quienes quieren perjudicar a los inocentes, por quienes ayudan a los heridos y por quienes proporcionan seguridad a los que se encuentran en peligro. ¡Oh Dios!, es tu voluntad tener tanto al cielo como a la tierra en una sola paz. Que el diseño de tu gran amor brille sobre la tierra baldía de nuestras iras y pesares, y dale la paz a tu Iglesia; otorga la paz entre las naciones, paz en nuestros hogares y paz en nuestros corazones; por medio de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor. [31]