Educacion
Nuestro llamado en la educación
Este pronunciamiento social para la enseñanza fue enmendado y adoptado por un voto a favor de más de las dos terceras partes (949-35) de los participantes en la Asamblea Bienal de la IELA, celebrada el 10 de agosto del 2007, en Chicago, Illinois.
Prólogo: educación y vocación
El llamado de los luteranos y de la Iglesia Evangélica Luterana en América (IELA) en cuanto a la educación está íntimamente unido al entendimiento luterano de la vocación. Mientras que muchos entienden la vocación como un empleo o una carrera, o como el llamado a ser pastores o sacerdotes, los luteranos entienden la vocación como un llamado de Dios que abarca toda la vida para todos los fieles.
La vocación implica el llamado salvífico que Dios nos hace en el bautismo y en la vida que se sigue como respuesta gozosa a este llamado. En Jesucristo, recibimos el amor de un Dios misericordioso que nos hace libres para amar a nuestro prójimo y promover el bien común; en gratitud por el amor de Dios, vivimos nuestra vocación en nuestros lugares de responsabilidad en la vida diaria -en el hogar, la congregación, el lugar de trabajo, la comunidad, la nación y la sociedad global.
La educación es parte de nuestra vocación bautismal. Nuestro llamado particular en la educación es doble: educar a las personas en la fe cristiana para su vocación y esforzarse con los demás para asegurar de que todos tienen acceso a una educación de calidad que desarrolle los talentos y capacidades personales y sirva al bien común. Este llamado abarca a todas las personas, tanto en la iglesia como en la sociedad.
Nosotros en la Iglesia Evangélica Luterana en América expresamos nuestro agradecimiento por los hogares y las congregaciones que llevan a cabo este llamado en la educación. Damos gracias a Dios por otras instituciones e individuos en todos los ámbitos de la educación: por los centros públicos, luteranos y otros centros privados orientados a la educación de la primera infancia, escuelas, colegios universitarios y universidades; por los ministerios al aire libre y por los ministerios en recintos universitarios (también conocidos como ciudades universitarias o campus), y por todos los que viven su vocación como estudiantes, padres, pastores, profesionales laicos, docentes, administradores, miembros del personal de servicios, directores, miembros de la junta educativa y síndicos en estos marcos educativos.
El llamado de la IELA en la educación reconoce responsabilidades especiales y el deber de rendir cuentas por las acciones propias en ciertas áreas específicas:
- Ensalza el papel esencial de los padres y las congregaciones en la formación de la fe de los jóvenes y exhorta a la revitalización del compromiso bautismal de educar en la fe para la vocación, un compromiso que se mantiene durante toda la vida.
- A la luz del papel esencial de la educación pública en el servicio al bien común de la sociedad y a la vista de la continua preocupación por la eficacia de algunas escuelas públicas, la falta de acceso equitativo para muchos estudiantes a escuelas de calidad y las muchas veces inadecuada asignación de recursos financieros, la IELA ensalza y defiende el financiamiento equitativo, suficiente y efectivo de las escuelas públicas.
- En vista del papel cada vez mayor de los centros de educación para la primera infancia y de las escuelas de la IELA en proporcionar medios de alcance evangélico y oportunidades educativas religiosas distintivas para un número creciente de niños, esta iglesia apoya a estas escuelas y exhorta a sínodos, pastores, congregaciones y miembros que hagan suya esta oportunidad única para la misión y la apoyen.
- En gratitud por la extraordinaria labor de los colegios universitarios y universidades de la IELA a la hora de preparar a los estudiantes para la vocación en la Iglesia y el mundo, y por los seminarios de la IELA en su preparación de líderes para nuestra iglesia, esta iglesia apoya el papel de estas instituciones y las anima a sostener y reforzar estos elementos que distinguen a la tradición luterana en la educación superior y en la educación teológica.
- En gratitud por la educación superior pública y el papel vital de los ministerios en recintos universitarios de la IELA en las universidades públicas y privadas, y en reconocimiento a los retos especiales que enfrenta en los aspectos culturales, financieros y de misión, la IELA apoya estos ministerios y nos exhorta a llevar a cabo esfuerzos nuevos y creativos en su apoyo.
- En reconocimiento a los costos cada vez mayores de la educación superior pública, luterana y privada, que limitan a muchos estudiantes el acceso a la misma, la IELA apoya a las fundaciones, corporaciones, congregaciones, instituciones e individuos que proporcionan asistencia financiera a los estudiantes y exhorta al gobierno tanto estatal como federal a ampliar el financiamiento de las becas de estudio para los estudiantes de ingresos bajos y medios que lo necesiten.
1. Qué tiene que ver Dios con la educación?
La educación, como se entiende en este pronunciamiento social, se refiere en un sentido amplio al aprendizaje, la enseñanza y el conocimiento como dimensión de la vida humana. Es una actividad que abarca toda la vida y que invade todo lo que hacemos. En un sentido más estricto, la educación se refiere a la actividad intencional en la que nos involucramos mutuamente para aprender. Las personas crean instituciones y situaciones cuyo propósito es animar, transmitir y promover el aprendizaje humano y moldear y equipar a las nuevas generaciones. Por medio de la educación, los seres humanos se forman como personas, adquiriendo conocimiento, sabiduría, actitudes, creencias, capacidades y habilidades para pensar, sentir y actuar de cierta manera.
Cuando la Iglesia Cristiana habla de la educación, lo hace a la luz de su fe en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los cristianos creen que Dios crea a los seres humanos con la capacidad para aprender, enseñar y conocer, y que Dios está activo en y a través de la educación. La actividad creadora de Dios abarca a todas las personas y a su educación, y el Evangelio redentor de Jesucristo le da a la Iglesia un mandato inequívoco en la educación.
El legado luterano
Desde la época de la Reforma, la iglesia luterana ha sido una iglesia de enseñanza y aprendizaje. Martín Lutero, catedrático universitario, buscaba la reforma de la educación a todos los niveles como parte integral de su reforma de la Iglesia y la sociedad. Con su enseñanza sobre la vocación, Lutero entendía la vida cristiana como una vida de servicio a Dios y al prójimo en los lugares cotidianos de responsabilidad de cada uno; la educación equipaba a los cristianos para esta vocación. Lutero enseñó que la educación servía al bien común de la Iglesia y la sociedad: en una movida poco usual para la época, enseñó que las escuelas eran para todos
- tanto para los ricos como para los pobres, tanto niños como niñas- y éstas eran necesarias para que la Iglesia tuviera pastores educados y fieles y para que la sociedad civil tuviera gobernantes sabios y buenos.1 Insistió en que los cristianos aprendieran a leer, entender e interpretar la Biblia y que conocieran el contenido de su fe. Enfatizó la importancia de enseñar a fe y el amor en el hogar, de palabra y obra, escribiendo El Catecismo Menor para ayudar a los padres en esta tarea.2
Los luteranos en Norteamérica y el Caribe siguieron el llamado de Lutero a educar en el hogar, la Iglesia y la sociedad. Oraban y celebraban devociones en el hogar, enseñaban la fe en la escuela dominical y por medio de la catequesis, fundaban escuelas, universidades y seminarios de todo tipo, y establecían ministerios en recintos universitarios y ministerios al aire libre. Apoyaban firmemente la educación pública, y muchos luteranos han continuado con este llamado como educadores en una amplia gama de instituciones educativas. Este legado sigue vivo en la Iglesia Evangélica Luterana en América como una de las características que la definen.
El Dios que nos llama
Por el bautismo, los cristianos están llamados a vivir en la fe y la esperanza en Dios y en el amor al prójimo en las relaciones habituales de la vida cotidiana. El maravilloso y sorprendente llamado que Dios nos hace es fuente de alegría, confianza, seriedad y propósito para toda la vida. Une a la fe y al amor, a Dios y al prójimo, al individuo y a la comunidad, y los dones de una persona a las necesidades de los demás y de la tierra. En nuestros lugares de responsabilidad en la familia, el trabajo, la sociedad y la iglesia, nos llega el llamado vivo de Dios de servir a los demás, buscar la justicia, promover el bien común y cuidar la creación de manera competente y creativa por medio de nuestros dones y habilidades. Esta manera luterana de entender la vocación es especialmente importante para nuestro enfoque sobre la educación en la actualidad.
La fe en el Dios que nos llama proporciona una perspectiva crítica y constructiva para guiar a los cristianos en su llamado a la educación en la actualidad.3
El Dios que nos llama es "el Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra"
La buena creación de Dios, con su sorprendente variedad y diversidad, nos presenta el contexto para la vocación. La creación, una realidad sometida a patrones y estructuras, que es confiable y capaz de ser conocida, también es cambiante, abierta e inagotable en lo que le revela al conocimiento humano. Dependiente de aquel que llama las cosas que no son como si ya existieran (cf. Romanos 4:17) el propósito de la creación es glorificar y estar en comunión con el Dios Trino. La educación pertenece a la bondad de la creación por medio de la cual los cristianos alaban al Creador.
La educación depende y debe reflejar lo que las personas son: criaturas de Dios. La humanidad es una, y todos son de igual valor ante Dios. Educación es siempre respetar la dignidad que recibimos al ser creados a "imagen de Dios". El Creador nos da responsabilidad sobre la vida y la educación de las nuevas generaciones y de hacer de la tierra un lugar apropiado para los seres humanos y otras criaturas (Génesis 1:26-28). Para llevar a cabo estos mandatos divinos nos ha sido dada la capacidad de aprender, enseñar y conocer en un mundo que puede ser conocido, al menos en parte.
Puesto que Dios crea a todas las personas como mentes y espíritus encarnados, la educación nos involucra a todos como personas integrales. Nuestros afectos, voluntad e intelecto interactúan en nuestro aprendizaje y enseñanza. Llegamos al conocimiento en una variedad de formas. Somos criaturas limitadas, sujetas a la muerte, que aprenden, enseñan y conocen con perspectivas, suposiciones y compromisos particulares. Nuestro conocimiento es siempre parcial y no podemos conocerlo todo, así que siempre nos vemos en la obligación de seleccionar lo que debemos aprender y enseñar. Como seres sociales que dependemos de otras personas, hemos sido creados para vivir en el amor a Dios y los demás, y para cuidar de la tierra de la cual dependemos. Aceptamos la responsabilidad personal de
aprender y conocer a lo largo de nuestras vidas con los demás y para los demás.
La necesidad, capacidad, amor y goce de aprender, enseñar y conocer vienen de Dios. Los seres humanos son bendecidos con los dones de la memoria, de la conciencia de sí mismos y de la anticipación. Nos maravillamos con las capacidades de origen divino de comunicarse, razonar, explorar nuevas realidades, descubrir el significado y la verdad, crear arte, tecnología y sociedades complejas, disfrutar la belleza y discernir qué es correcto y es bueno. Nos acercamos a la educación con respeto, asombro y gratitud hacia el Dios Trino.
El Dios que llama a todas las personas sigue preservando y bendiciendo una creación buena pero que ha caído. La Biblia identifica la raíz de lo que corrompe a la creación como pecado humano, la ruptura de nuestra relación con Dios. En vez de amar a Dios con todo nuestro ser, nos apartamos de nuestro Creador y centramos nuestras vidas en nosotros mismos, consistentemente amándonos a nosotros mismos más que a Dios y a nuestro prójimo. El pecado altera profundamente a la comunidad humana y la distorsiona, penetrando en el corazón de los individuos y atrapando a las instituciones humanas.
El poder del pecado pervierte y corrompe persistentemente el aprendizaje humano y las instituciones educativas. Nuestras vidas están marcadas por la ignorancia -lo opuesto del conocimiento- y por la necedad -lo opuesto de la sabiduría. En una sociedad de desigualdades, nuestros sistemas escolares con frecuencia sirven de refuerzo a los privilegios, negando el acceso equitativo a una educación de calidad para todos. Henchidos de orgullo, los humanos reivindican demasiado para lo
que es nuestra comprensión limitada de la verdad intelectual o moral y, embargados por la desesperación, creemos que no existe una verdad ni el bien o el mal. Utilizamos el conocimiento para dominar o lastimar a los demás, para negarles su humanidad y para despojar la tierra en lugar de para servir al prójimo. Depositamos nuestra confianza en nuestro conocimiento o sabiduría para justificar nuestra existencia ante Dios.
Aunque la creación está atada al pecado y la muerte, Dios sigue preservando, creando, bendiciendo y gobernando el mundo, produciendo maravillas siempre nuevas. Las personas y las instituciones son "máscaras de Dios", según expresa Lutero. Esto es, Dios provee para la salud y bienestar de la tierra y sus criaturas por medio de las acciones de las personas y el funcionamiento de las instituciones humanas, así como por medio de los procesos de la naturaleza. Al mismo tiempo, Dios exige a
todas las personas una actuación responsable en los asuntos humanos y las capacita para luchar por y lograr grados de "justicia civil"; esto es, una paz y una justicia necesarias y posibles en un mundo pecador.4