Raza, Etnicidad y Cultura
Raza, Etnicidad y Cultura: Raza, Etnicidad y Cultura
Adoptado por más de dos terceras partes del voto mayoritario como un pronunciamiento social, de la Iglesia Evangélica Luterana en América, por la tercera asamblea bienal el 31 de agosto de 1993, en Kansas City, Misurí.
Efrentándonos a Dios
1. Tiempo de visión
Para nosotros como miembros de la Iglesia Evangélica Luterana en América no existe más que un solo Dios y un solo Señor, Jesucristo, "por quien todas las cosas existen, incluso nosotros mismos" (1 Corintios 8:6).
Las Escrituras hablan de una sola humanidad, creada por Dios. Estas cuentan nuestra rebelión, y esclavitud al pecado. Las Escrituras hablan de un pueblo diverso reconciliado por Dios a través de la cruz, un pueblo liberado para la obra de la reconciliación. Estas proclaman una nueva liberación y futuro en un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.
Si la historia de Babel es la de un pueblo disperso, la historia de Pentecostés es la de un pueblo llamado y reunido. Cristo reúne a los hijos de Dios que estaban dispersos (Juan 11:52). El Espíritu Santo sopla la libertad del evangelio dentro de la Iglesia, donde todo su pueblo bajo el cielo está representado.
Una humanidad esclavizada al pecado ha sido liberada; una iglesia se ha unido en la libertad. Las diferencias culturales aún prevalecen, pero pueden ser percibidas gracias a las intenciones divinas—bendiciones en vez de medios de esclavitud.
2. Tiempo de confesión
La Iglesia está fundada en la confesión de Pedro, cuando él declaró a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios (Mateo 16:13-20). De generación en generación la Iglesia proclama a Cristo, quien fue crucificado por nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación (Romanos 4:25).
La Iglesia confiesa a Cristo, quien ha destruido el muro de enemistad que nos separaba (Efesios 2:14). Cristo, nuestra paz, a puesto fin a la hostilidad de raza, etnicidad, género y clase económica. La Iglesia proclama a Cristo, confiando en que estas buenas nuevas liberan a los cautivos entre esas murallas de hostilidad (Lucas 4:18).
La Iglesia contempla hacia la libertad del reino de Dios, anunciado y encarnado en Jesús. Pero los cristianos vivimos entre el "ahora" del reino de Dios y el "todavía no" de su realización. Confiando en la promesa de libertad, podemos enfrentarnos al hecho de que cada uno de nosotros está cautivo, de que cada uno de nosotros está esclavizado por el pecado (1 Juan 1:8).
Por eso, confesamos nuestra maldad. Debido a que somos tanto pecadores como también santos, reconstruimos los muros derribados por Cristo. Volvemos a caer en la esclavitud y la injusticia. Traicionamos la verdad que nos libera. Debido a que somos tanto santos como también pecadores, buscamos esa libertad que es nuestra en Cristo.
3. Tiempo de compromiso
Nosotros en la Iglesia Evangélica Luterana en América y en unión a toda la Iglesia, esperamos el momento en que vengan del oriente y del occidente, del norte y del sur a sentarse a la mesa en el reino de Dios (Lucas 13:9). Para la Iglesia católica [universal], la diversidad de la cultura es tanto algo dado como un vislumbre del futuro.
La Iglesia Evangélica Luterana en América tiene raíces en los cuerpos eclesiales con fuerte historia inmigrante. Estas iglesias conservaron la fe una vez dada a los Santos (Judas 3) en maneras apropiadas al trasfondo. Además de preservar la fe, ellos promovieron la misión y el ministerio.
El Cristo a quien la Iglesia da testimonio, es el Cristo que derriba las murallas de exclusividad cultural (Marcos 7:24-29; Juan 4). Nosotros en la Iglesia Evangélica Luterana en América nos hemos reconocido a nosotros mismos en ministerio y misión con la sociedad multicultural, y nos hemos comprometido a recibir con entusiasmo la diversidad cultural. Dada nuestra historia, este compromiso no fue ni rápido ni fácil.
El compromiso fue hecho, sin embargo, en estas otras maneras:
- la meta de que, dentro de los primeros diez años de su existencia, un diez por ciento de la membresía de la iglesia fuera afroamericana, asiática, hispana o nativoamericana;
- la adopción de un principio organizativo que proveyera para la representación de la diversidad cultural en el personal de la iglesia nacionalG y las juntas administrativas y otros cuerpos encargados de la toma de decisiones;
- la creación de una Comisión para los Ministerios Multiculturales y la adopción de una Estrategia para la Misión Multicultural;
- el estímulo a las asociaciones afroamericanas, asiáticas, hispanas y nativoamericanas; el reconocimiento del Sínodo Slovak Zion y las conferencias de interés especial alemana, húngara, finlandesa y danesa; la consideración para con las distintas culturas, tales como la cultura apalache; la afirmación de que la sordera lleva a la creación de un lenguaje y cultura únicos, y un nuevo contexto para el ministerio;
- el esfuerzo para empezar y para apoyar el ministerio en ambientes afroamericanos, asiáticos, hispanos, nativoamericanos o multiculturales; el esfuerzo para reconocer y para dar poder a los líderes pastorales a la vez que honramos sus culturas; el esfuerzo para proveer recursos en lenguajes en otros idiomas aparte del inglés;
- la política pública sobre la defensa de los derechos humanos a nivel estatal, federal e internacional que busca eliminar la discriminación racial o étnica; la defensa de los derechos humanos del sector privado que estimula la responsabilidad social corporativa para el desarrollo comunitario;
- la atención a la inclusividad por parte de seminarios, colegios y organizaciones de ministerio social de la iglesia; y
- el respeto por una diversidad cultural en la obra que realiza la misión global.
4. Tiempo de crisis espiritual*
Nosotros en la Iglesia Evangélica Luterana en América nos regocijamos en nuestra libertad en Cristo Jesús. Pero sabemos que debemos perseverar en nuestro compromiso de seguir a Cristo y de servir a nuestro prójimo, y vivir de acuerdo a nuestros compromisos específicos. A pesar de que hemos tomado muchas medidas que se ajusten a una iglesia dedicada en misión y ministerio en una sociedad multicultural, aún fallamos.
[Incluye a Puerto Rico e Islas Vírgenes, ya que son no contintentales, pero forman parte de la iglesia nacional.]
Fallamos en lo que hacemos, o al rehusarnos a llevar a cabo lo que prometimos hacer. Dudamos por medio de la ignorancia de lo que hemos hecho y dejado de hacer. Fallamos al aferrarnos a ideas pasadas que nos previenen de convertirnos en el pueblo que Dios nos llama a ser.
Con todos los cristianos en todos lados, los miembros de esta iglesia viven en un tiempo de crisis (Romanos 2:1ss). Estamos desgarrados entre la libertad que nos ofrece Cristo el nuevo Adán, y la cautividad conocida como el viejo Adán. Estamos desgarrados ante la idea de convertirnos en el pueblo que Dios nos llama a ser o de permanecer siendo lo que somos hasta ahora, resguardándonos detrás de las murallas de hostilidad.
Las dimensiones social, económica y política de la crisis son agudas, y las indicaciones de ésta abundan. Una cruz ardiente nos recuerda que los actos patentes de intimidación, odio y violencia continúan. Un aspecto crítico nos recuerda las barreras que suelen ser más insidiosas.
La fuente de esta crisis multifacética, sin embargo, es profundamente espiritual. Saldremos de esta crisis, no por imponernos una extensa lista de compromisos, sino por persistir con corazones contritos.
Enfrentando Obstáculos
1. Tiempo de tomar en serio la cultura
Nosotros en la Iglesia Evangélica Luterana en América muy a menudo reaccionamos con temor o de mala gana ante la diversidad de culturas. Nosotros debemos regocijarnos en el hecho de que el pueblo llamado, congregado e instruido poseamos tal diversidad. Nosotros, como iglesia multicultural, estamos llamados a ministrar en una sociedad diversa pero dividida.
La cultura incluye la música, el arte y la danza, pero abarca mucho más que eso. La cultura—las actitudes y los modelos de vida—juega un papel al establecer prioridades, desarrollar procedimientos y al seleccionar expresiones de fe.
Esta iglesia no ha ido mucho más allá de un acercamiento de "asimilación" a la cultura, donde los asimilados son quienes adoptan los valores y comportamiento de la cultura dominante. Esto nos evita el beneficiarnos de la pluralidad de culturas ya presentes en nuestra iglesia, y nos impide apreciar la pluralidad de culturas en la sociedad.
Esta iglesia claramente comparte el quebrantamiento de una sociedad que ha respondido a una diversidad cultural a través del temor y los esfuerzos de asimilación. Nuestra sociedad ha incorporado a muchos grupos europeos étnicos dentro del ámbito central de América, pero ha incluido personas de otras identidades culturales sólo a medida que éstas han adquirido los valores y el comportamiento de la cultura dominante.
Una muralla de hostilidad permanece intacta. Cautivas a un lado de la muralla, personas con acceso a oportunidades e instituciones desconocen sus propios prejucios culturales o el mérito de otras culturas. Al otro lado de la muralla, personas marcadas por la esclavitud y otras formas de degradación y sufrimiento han visto sus culturas ridiculizadas y agraviadas, o destruidas.
2. Tiempo de confrontar el racismo
Todos hemos pecado y estamos lejos de la presencia salvadora de Dios (Romanos 3:23).
El racismo—una mezcla de poder, privilegio y perjuicio—es un pecado, una violación al designio de Dios para la humanidad. El resultado son barreras raciales, étnicas o culturales que deniegan la verdad de que todos los seres humanos somos criaturas de Dios y, por lo tanto, personas con dignidad. El racismo quebranta y destroza a ambas la Iglesia y la sociedad.
Al hablar del racismo como si fuera tan sólo un asunto de actitud personal, nosotros lo subestimamos. Apenas hemos empezado a darnos cuenta de la complejidad del pecado, el cual se propaga como una infección por todo el sistema social. El racismo nos infecta y afecta a todos, pero su impacto varía según la raza, etnicidad y cultura, y otros factores, tales como género y situación económica.
Esta iglesia frecuentemente ha pronunciado palabras sobre el racismo a nuestra membresía de raza blanca. Nosotros hemos hecho esto porque nuestra misión y ministerio están en una sociedad donde la raza blanca ha sido favorecida y mantiene poder desigual para implementar sus prejuicios—política, económica y socialmente. Lo que ha sido un hecho continúa siéndolo: el color de la piel crea una diferencia y las personas de raza blanca se benefician de una posición privilegiada.
El racismo, sin embargo, infecta y afecta a todos. Éste deforma las relaciones entre y dentro de grupos raciales, étnicos o culturales. Éste mina la promesa de comunidad y exacerba el prejuicio y la competencia malsana entre estos grupos. Éste roba a las personas de raza blanca la posibilidad de mantener relaciones auténticas con personas de color, y a las personas de color la posibilidad de mantener relaciones auténticas con personas de raza blanca.
El racismo puede llevar al auto-rechazo, como cuando las personas de raza blanca hacen internas el sentido de culpa o las personas de color hecen internos los valores asociados con la cultura blanca. Esto nos impide llegar a ser quienes Dios nos llama a ser.
Cuando reconstruimos las barreras de hostilidad y vivimos detrás de ellas—culpando a otros por los problemas y buscándolos para las soluciones—ignoramos el papel que jugamos en el problema y también en la solución. Cuando hacemos frente al racismo y hacemos un cambio hacia la imparcialidad y la justicia en la sociedad, todos nos beneficiamos.
3. Tiempo de ser Iglesia
La visión rompe las murallas del quebrantamiento. Somos hechos uno en Cristo. Como cuerpo de Cristo, somos libres de vivir nuestra unión con los demás. Las promesas se mantienen cuando la visión es comunicada en palabra y acción, y los miembros son atraídos por ella. Para que esto suceda, necesitamos el liderazgo de todos aquellos a quienes se les ha dado responsabilidad y autoridad: los miembros de las congregaciones y sus pastores; juntas y el personal de las instituciones y las agencias de la iglesia; obispos sinódicos; y el obispo de esta iglesia.
Esperamos que nuestro liderazgo nombre el pecado del racismo y nos lleve al arrepentimiento de éste. A pesar de que el racismo nos afecta a cada uno de una forma diferente, debemos tomar la responsabilidad por nuestra participación, reconocer nuestra complicidad, y arrepentirnos de nuestro pecado, y orar por que Dios nos brinde la reconciliación.
El racismo, ya sea evidente o sutil, continúa negando la obra reconciliadora de la cruz. El perdón de Dios nos libera de la esclavitud del racismo. Para algunos esto puede significar renunciar al poder o a los privilegios; mientras que para otros, renunciar a la ira o al prejuicio. ¡Permítenos darnos cuenta de esta reconciliación en nuestras vidas!
Esperamos que nuestro liderazgo persevere en su reto hacia nosotros de brindar misión y ministerio en una sociedad multicultural, para ser una iglesia multicultural. La Iglesia católica [universal] ya tiene una diversidad de culturas. Para la Iglesia Evangélica Luterana en América, la catolicidad es dada. Los miembros, sin embargo, cuestionarán por qué se han tomado medidas intencionadas de manera que seamos una iglesia multicultural.
Debido al pecado y la indiferencia, son necesarias medidas intencionadas para que la visión sea una realidad. Esperamos que nuestro liderazgo clarifique por qué fueron tomadas estas medidas, y para ayudar a los miembros a lidiar con las implicaciones de tales medidas.
Haciendo Justica
1. Tiempo de liderazgo público
Nuestro mundo es uno donde las líneas raciales y étnicas son trazadas y cumplidas. Nuestro mundo es uno donde la hostilidad, como llaga que supura, se inflama en estas líneas divisorias, muchas veces desatándose en violencia. Nuestro mundo es uno en el cual el poder y el prejuicio se combinan en una amarga opresión.
Pero Dios no ha reunido a la iglesia como un ejemplo más del quebrantamiento. La Iglesia existe para proclamar a Jesús el Cristo, cuya vida, muerte y resurrección significan libertad para el mundo. La Iglesia existe para enseñar la ley de Dios, anunciando que el Dios que justifica espera que todas las personas hagan justicia.
Así, la iglesia debe clamar por la justicia, y de ese modo resistir el cinismo enardecido por visiones que fallaron y sueños que murieron. La iglesia debe insistir en promover la justicia, y de ese modo rehusar el culpar a las personas que han sido víctimas por su situación. La iglesia debe insistir en promover la justicia, y de ese modo asegurar la participación de todas las personas.
La Iglesia que busca la justicia se enfrentará y dirigirá problemas difíciles de índole económico, social y político, tales como los siguientes:
- cómo se puede confrontar el racismo de manera que podamos edificar una sociedad donde la diversidad sea realmente valorizada;
- cómo figuran la raza y la etnicidad dentro de las decisiones políticas sobre inmigración, crimen, y el deterioro del medio ambiente; y
- cómo operan las fuerzas económicas en contra de las personas de color en asuntos de vivienda, cuidado médico, educación y empleo.
En su busca de la justicia, esta iglesia debe cuestionar las respuestas que son rápidas, fáciles; y, por consiguiente, probablemente inadecuadas.
2. Tiempo de testimonio público
La Iglesia que confiesa a Cristo en público demuestra su compromiso a través del envolvimiento en la vida pública—global y localmente, nacional y comunitariamente. A través de eventos públicos tales como las elecciones o reuniones municipales, a través de cuerpos públicos tales como legislaturas o grupos de voluntarios, los miembros de la iglesia ayudan a forjar la voluntad y el consenso políticos.
La participación en la vida pública es esencial para hacer justicia y deshacer la injusticia. Solamente cuando las personas afectadas por divisiones raciales y étnicas declaran públicamente sobre las dolorosas realidades, es cuando surge la posibilidad de justicia para todos.
Sin embargo, en lugares donde la Iglesia Evangélica Luterana en América brinda sus servicios, la vida pública se encuentra muy a menudo en condiciones deprimentes, superficiales y destrozadas. Bajo un creciente cinísmo o por simple aburrimiento, muchos residentes ignoran el debate público. A muchos de ellos les es difícil participar plenamente debido a las barreras raciales o étnicas, o por dificultades económicas.
Esta iglesia, por tanto, promoverá activamente una vida pública digna de nombrar. Nosotros fomentamos el testimonio público por parte de los miembros, y nos levantamos públicamente como iglesia en contra de la injusticia. Insistimos en un foro público accesible a todos, ya que los intereses de todos están en juego.
3. Tiempo de deliberación pública
Una manera en que nosotros como miembros de la Iglesia Evangélica Luterana en América promuévanos una mejor vida pública es a través del ejemplo. Esta iglesia ya se ha comprometido a sí misma para una deliberación moral que trata abiertamente con el conflicto y la controversia. De hecho, tal deliberación nos ha ayudado a descubrir nuevas dimensiones para la misión y nuevas posibilidades para el ministerio.
Esta iglesia vivirá en conformidad a su compromiso para la deliberación. Específicamente, nosotros:
- formaremos un compromiso honesto con asuntos sobre la raza, la etnicidad y la cultura, al ser una comunidad de conversación mutua, corrección mutua y consolación mutua;
- formaremos una respuesta saludable y sanadora al cambio que inevitablemente sucede con el contacto cultural;
- formaremos intercambios en los cuales las personas de diferentes culturas puedan descubrir puntos de avenencia aunque a veces "estén o no de acuerdo";
- estimularemos y participaremos en la educación de los jóvenes, de manera que ellos estén mejor preparados para vivir dentro de una sociedad multicultural;
- uniremos las partes en conflicto, creando un espacio para la deliberación; y
- participaremos en identificar las demandas por la justicia, y trabajaremos con aquellos que están a favor de la justicia para todos.
4. Tiempo para la defensa de los derechos humanos
La Iglesia Evangélica Luterana en América recibió de los cuerpos eclesiales predecesores un sólido fundamento sobre el cual construir la defensa de la justicia y la oposición a la discriminación racial y étnica. Nosotros escucharemos a nuestros defensores al nosotros examinar nuestra vida institucional, y serviremos de modelo para lo que hemos llamado.
Nuestra defensa tomará lugar en el compañerismo ecuménico, entre las corporaciones y los gobiernos locales, estatales y nacionales. Buscaremos incentivos positivos para el cambio y una distribución justa de los costos sociales al corregir los errores del pasado. Trabajaremos por el respeto de las culturas, por ejemplo en los medios de comunicación masiva y presentaciones públicas, y en el arte y propaganda, y en otros esfuerzos. Hablaremos en contra de iniciativas de políticas que discriminen en base al lenguaje.
Esta iglesia brindará apoyo a la legislación, ordenanzas y resoluciones que garanticen a todas las personas por igual:
- los derechos civiles, incluyendo protección plena de la ley y remedio bajo la ley de las prácticas discriminatorias; y el derecho al voto a todos los ciudadanos;
- acceso a educación cualitativa, cuidado de la salud, y nutrición;
- oportunidad para empleos con compensación justa, y posibilidades para entrenamiento de empleo y educación, aprendizaje, promoción, y membresía en sindicatos;
- oportunidad para ser dueños de negocios;
- acceso a servicios legales, bancarios y de seguros;
- el derecho a alquilar, comprar y ocupar vivienda en cualquier lugar; y
- acceso a transportación y alojamiento públicos.
Nosotros en la Iglesia Evangélica Luterana en América lucharemos por políticas de inmigración justas, incluyendo imparcialidad en los reglamentos requeridos para aplicaciones de visa y en admitir y proteger a refugiados. Trabajaremos por reglamentos que ni causen repercusión excesiva dentro de las comunidades inmigrantes, ni prejuicios en contra de ellos.
Nuestros esfuerzos a favor de la comunidad local e internacional y en oposición al racismo reconocerán la naturaleza multicultural del mundo. Promoveremos el respeto internacional por los derechos humanos, y apoyaremos el movimiento internacional para eliminar la discriminación.
Addenda
Los Pronunciamientos Sociales en la Iglesia Evangélica Luterana en América, adoptados por la Asamblea Bienal de 1989, declaran que una addenda se deberá añadir a aquellos pronunciamientos que obtengan una división considerable en la Asamblea Bienal. La siguiente enmienda (en el punto indicado en el texto) recibió apoyo en la Asamblea Bienal pero no el voto necesario para su aprobación.
*—Nosotros de la IELA con todos los cristianos en todas partes vivimos en tiempos de crisis (Romanos 2:1ff). Nos enfrentamos con opciones y decisiones que pueden significar éxito o fracaso, vida o muerte. La Iglesia no puede permanecer callada mientras la cruz, símbolo de la muerte de Cristo para liberarnos, sigue siendo un instrumento de odio y perjuicio raciales, étnicos y culturales. Los incendios de la cruz continúan siendo actos de intimidación, odio y perjuicio. Los grupos que adoptan pureza racial, étnica y cultural y los cuales fomentan actos de aniquilación racial y cultural reclutan tanto a jóvenes como a adultos. La centricidad (la pureza racial, étnica y cultural) y la inestabilidad económica ocasionan actos de disturbio, odio y violencia a nivel mundial. Algunas corporaciones estadounidenses explotan a personas de color en naciones más pobres, al emplear a estas personas con salarios por debajo de su costo de vida para trabajar en condiciones explotadoras, tales como aquellas prohibidas hace mucho tiempo en los Estados Unidos, mientras que los esfuerzos por parte de personas de color con autosuficiencia económica en los Estados Unidos sean resistidos y destruidos. El racismo también les crea a los niños de color crisis en su identidad y autoestima, particularmente a aquellos de herencia interracial.
Cristo nos llama a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Lucas 10:27). Cristo no limita este mandato. Una gran parte de la crisis se relaciona con la falta de experiencia o conocimiento de aquellas personas cuya raza, etnicidad y cultura difieren de la nuestra.
Las dimensiones sociales, económicas y políticas de la crisis son graves. Nosotros consideramos que la fuente de la crisis es profundamente espiritual. El Cristo activista sacó a los comerciantes fuera del templo. La Iglesia debe continuar tomando un papel activista. Tenemos que tomar una elección. ¿Vamos a continuar haciéndonos fuertes detrás de viejas murallas de ignorancia y hostilidad o vamos a ser el pueblo que Dios nos llama a ser?
Derechos reservados © Setiembre de 1996 Iglesia Evangélica Luterana en América. Producido por el Departamento de Estudios, División para la Iglesia en la Sociedad. Traducción provista por el Departamento para la Comunicación de la IELA. Se concede permiso para reproducir este documento según sea necesario, con la condición de que cada copia contenga el derecho de reproducción impreso anteriormente.