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Mensaje de Pascua 2009

Obispo Presidente de la IELA, Mark S. Hanson

 
"Jesús el nazareno, el que fue crucificado. ¡Ha resucitado!" (Marcos 16:6)


Cuando María Magdalena, María y Salomé llegaron a la tumba, sus esperanzas y temores se manifestaron. Se preguntaban en voz alta quién las ayudaría con aquella piedra tan grande y pesada que representaba un obstáculo para sus planes inmediatos. Peor aún, lo que creían que se encontraba detrás de la piedra era devastador más allá de toda palabra. Jesús, que encarnaba la esperanza de la promesa de Dios para una vida humana más plena, no sólo estaba muerto sino que había sido crucificado, ejecutado de la manera más humillante posible en lo que era una burla cruel de la esperanza que había vivido con él.

Pero la piedra había desaparecido de la entrada y la tumba estaba vacía. Donde esperaban oír el silencio de la muerte y su burla, encontraron el mensaje sorprendente de que el crucificado se había levantado de entre los muertos, de que su esperanza había vencido a la humillación y de que Jesús vive y lidera el camino hacia un futuro inesperado y sorprendente con Dios.

Jesús vive y la esperanza de la resurrección nos llama. La resurrección de Jesús al tercer día indica que Dios no ha terminado hasta que la vida de Jesús renueve a toda la creación. El pueblo pecador acosado en otro tiempo por la amenaza del juicio vivirá perdonado, recuperado, renovado y liberado. Todas las vidas quebradas por las injusticias del pecado y acosadas por los horrores de la muerte serán transformadas por la alegría y transfiguradas en la nueva creación en Cristo.

Ustedes y yo somos testigos de esta nueva creación. Han sido bautizados en la muerte y resurrección de Jesús y han escuchado su promesa. Sus vidas están envueltas en la suya y él les alimenta con un anticipo del eterno banquete de alegría. Se reunirá con ustedes en la esperanza de cada uno de ustedes. Hace suyo el trabajo diario que desarrollan y lo convierte en una vocación sagrada. Vive en ustedes y les envía al mundo como embajadores y embajadoras de la reconciliación, en testimonio del incomparable amor de Dios. ¡Jesús vive! Nuestra vida en él es testimonio de resurrección.

"¡Éste es nuestro Dios; regocijémonos y alegrémonos en su salvación!" (Isaías 25:9)

Rdo. Mark S. Hanson, Obispo Presidente, Iglesia Evangélica Luterana en América

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